sábado, 2 de abril de 2011

La muchacha detuvo repentinamente sus pasos.

Allí estaba. Radiante. Altivo. Tan bello y altanero como siempre.

Se abalanzó sobre él y comenzó a acariciar sus perlinas formas con adoración. Acercó su rostro e inhaló aquel aroma que excitaba cada fibra de su ser. Los recuerdos inundaron su mente. Recuerdos de clandestinas tardes de verano y acechanzas a la luz de la Luna. Recuerdos de felicidad... y de dolor.

- Narciso... -susurró mientras acunaba aquella flor con sus dulces manos.

Narciso, la egolatría envuelta en una maravillosa filigrana de cristal. Aquel Efebo había supuesto la perdición para la desdichada ninfa Eco, pero no fue la única atrapada por aquella telaraña de ensueño.

Epimoní se tumbó a su lado, dejando aquella flor a la altura de sus ojos.

-Te he echado mucho de menos, ¿sabes? -dijo con voz súbitamente cantarina - Sufrí mucho cuando me dejaste, pero luego lo entendí. Sabías que los Dioses te envidiaban y quisiste protegerme apartándome de tu lado, ¿verdad? - sus manos se crisparon en un gesto que contradecía la jovialidad de su expresión.

Con un rápido movimiento, estrujó el narciso y deshizo por completo la corola de aquella flor. Nada más terminar, el horror cubrió sus rasgos.

-¿Qué he hecho? ¡Perdóname mi amor!- intentó desesperadamente volver a componer los pétalos pero todo intento fue en vano.

Ocultó la cara entre las manos para acallar sus sollozos, pero las lágrimas se escurrieron entre sus dedos y cayeron sobre el cadáver marchito de su amado.

Narciso resultó ser tan frágil como su belleza.

Javi

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